martes, 16 de junio de 2009

Uzbekistán, Kirgizistán y China. La Ruta de la Seda.

LA RUTA DE LA SEDA

Un viaje mítico al mercado de Kashgar
Nuestro recorrido por esta legendaria ruta nos adentrará en Uzbekistán para visitar esas dos joyas que son Samarkanda y Bujara; continuaremos por el país de los Kirguicos para contemplar el techo del mundo y cruzaremos a China para disfrutar del mercado más antiguo y divertido del mundo: Kashgar.
Un camino peligroso lleno de riquezas
Pocos caminos despiertan en la mente del viajero tantas imágenes y posibles aventuras como este de la mítica Ruta de la Seda. Nunca existió una sola ruta, sino una maraña de senderos y pistas que confluían en lugares estratégicos, en los que florecían ricos mercados. Inicialmente, estos caminos llevaban el nombre del producto predominante que circulaba por ellos. De modo que existió la Ruta de las Esmeraldas, del Oro, del Jade o de las Especias. China importaba, principalmente, oro, plata, piedras preciosas, marfil, cristal, perfumes, tintes y otros textiles provenientes de Europa y de los reinos por donde transitaba la ruta. El Imperio del centro exportaba, en su mayoría, seda, pieles, cerámica, porcelana, especias, jade, bronce, laca y hierro.
Por la Ruta de la Seda no circulaban solamente mercaderes con bienes de todos los reinos, sino también asaltadores, ladrones y pilluelos, por lo que los caminos no eran totalmente seguros. Así, lo peor que les podía pasar era que por aquellos desfiladeros y glaciares se despeñara un camello; perdieran al animal y a su apreciada carga, y además su estiércol, que utilizaban como combustible. Y aún era peor, si el camello perdido transportaba comestibles. Casi en el 80% de la Ruta no hay árboles; sólo hielo, nieve y glaciares. Algunas caravanas no llegaron nunca a su destino. Hacia el siglo XV, con el auge de la navegación y la nuevas rutas marítimas comerciales, y el apogeo de los imperios árabe, mongol y turco, fue languideciendo lentamente la importancia de la ruta de la seda como principal arteria comercial entre oriente y occidente, y algunas de las más florecientes e imponentes ciudades a lo largo de su recorrido fueron perdiendo importancia e influencia y, olvidadas por el mundo exterior, se convirtieron en una sombra de lo que fueron. Y no fue hasta 1870 cuando el Barón von Richtofen, de expedición por la zona, rebautizó a la misma con el nombre de la ruta de la seda y comenzó poco a poco a resurgir de sus cenizas la que hoy constituye uno de los viajes más apasionantes.
Las perlas de Uzbekistán
Samarkanda fue una de las ciudades más importantes en esta travesía. Por ella han pasado culturas tan dispares como la persa, la griega a través de la conquista de Alejandro Magno, la árabe, la mogol y la rusa-sovietica. Tamerlan la hizo capital de su imperio a finales del siglo XIV y fue entonces cuando experimentó un florecimiento sin igual. Sus monumentales construcciones son un claro ejemplo de la grandeza de aquella época. La Plaza de Reguistán, la joya de Samarkanda con sus tres imponentes madrazas, el Mausoleo en el que yacen los restos de Tamerlan, la Necrópolis de ShajíZinda, el famoso Observatorio de Uluz-Bek, la gigantesca mezquita de Bibí Janim, esposa favorita de Tamerlan, dejan en el visitante una impresión imborrable por su belleza. No hay que olvidar que Samarkanda ocupa un lugar de privilegio dentro del arte islámico del Asia Central.
Por su parte Bujara es una pequeña maravilla por el número de sus monumentos que conviven con sus habitantes en una increíble simbiosis creando una atmósfera que envuelve todo en esta ciudad museo. Tanto los monumentos de la ciudad como los que se encuentran en las afueras, como el palacio de Verano de los últimos emires o la Necrópolis Chor-Bakr donde el silencio y la amplitud de espacio transmiten una inefable serenidad, así como la acogedora Plaza de la Liaba-Jauz donde los atardeceres se acompañan con té y descanso, convierten esta ciudad en un magnifico rincón del planeta para no olvidar jamás.
Un verano que estalla sobre la mesa
Durante los meses de estío Uzbekistán reverdece y sus campos ofrecen un sinfín de frutas y verduras, lo que hace que sus gentes se lancen a la campiña para compartir espléndidos almuerzos bajo los árboles. Por eso no resulta difícil que a uno le inviten a disfrutar con fabulosas sandias y melones, deliciosos albaricoques, tomates que parecen de cuento, panes recién horneados…
Por las noches los cafés y restaurantes, tanto de las ciudades como de los pequeños pueblos, acogen a un público festivo y dispuesto a dar buena cuenta de todo tipo de brochetas, principalmente de cordero, cuyo aroma se cuela por entre las parras e invita a los paseantes a participar de la fiesta.

Kirguistán, el techo del mundo
Este precioso país es pura naturaleza, rodeado por diversas cordilleras montañosas que alcanzan con facilidad los 5.000 metros de altura, siendo el Pico Lenin el más alto con 7.134 m. El clima es extremo pasando de los menos 30 grados en invierno a los 45 en verano. Cuenta con preciosos lagos como el Issyk-Kul de una belleza extraordinaria y que convierten al país en una fuente de agua inagotable. Sus gentes son hospitalarias y atraviesan el país con sus yurtas y sus caballos. Convivir con ellos y galopar por las estepas es uno de los recuerdos más vívidos del viaje.
Los pasos fronterizos entre Kirguistan y China han sido de los más duros a lo largo de la historia de la ruta, por esos los kirguikos cuentan y no paran sobre las leyendas de los crudos inviernos, la caza, y sus caballos. Es por uno de estos pasos por el que nos introducimos en China para llegar al mercado de Kashgar.

Un mercado del siglo XII
Marco Polo, en su Libro de las Maravillas, ya escribía: “Allí a Kashgar llegan numerosas telas y mercancías. Las gentes viven de talleres y comercios (…) De esta comarca parten muchos mercaderes, que van a comerciar por todo el mundo.”
Aislada en el extremo noroeste de China y aprisionada entre las estribaciones del Karakorum, una de las cordilleras más abruptas de la tierra, y el desierto de Taklamakan, cuyo significado en lengua ligur es “ve y nunca regresarás”, esta población de más de 200.000 habitantes sigue siendo, como en las épocas de máximo esplendor de la Ruta de la seda, cuando era parada obligada, el mercado más influyente de la región y uno de los más antiguos del mundo.
Todos los domingos, el Aidkah Bazaar convoca gentes que viven en un radio de 2.000 kilómetros a la redonda, dando lugar a un espectáculo fascinante, al que las caravanas de camiones provenientes de Pakistán, con sus impresionantes cabinas forradas por carcasas de madera, primorosamente talladas y pintadas con colores estridentes, dan un aire de fiesta.
El mercado, un espacio caótico, abarrotado de puestos cubiertos por toldos y grandes tiendas de campaña que, ante la avalancha de gente y de carros tirados por burros, termina por descoserse en un dédalo de pequeñas callejas de casas de adobe igualmente atestadas de tenderetes. Sedas, telas, ropas, gorros, zapatos, cueros, atalajes para los animales, herramientas, cuchillos, radiocasetes, hortalizas, alimentos de todo tipo, especias, almizcle, productos de artesanía, bisutería, alhajas de oro, cañas de bambú, rebaños de ovejas… se suceden en un orden confuso, acaso regulado en función de la pluralidad de razas y lenguas que se dan cita en esta especie de Babel horizontal. Las facciones de la cara, la forma de los bigotes y barbas, las ropas y, sobre todo, el modo de cubrirse la cabeza permiten, como si se tratara de un juego de adivinanzas, identificar la raza a la que pertenecen los individuos que conforman el paisaje humano del mercado. Todos ellos se mueven en este decorado con la sumisión de los extras de una película y sólo parecen salirse del guión cuando se arraciman en torno a los barberos, expertos en afeitar a cero las cabezas y barbas; los curanderos, cuyos remedios se extienden sobre el suelo en una mezcolanza de ungüentos, hierbas y animales muertos resecos como pergaminos; o cuando hacen pausa para comer en los puestos de comida al aire libre.

Una comida de domingo
Uno de los momentos mágicos del mercado es la hora del almuerzo en alguno de los numerosos puestos que salpican este laberinto. Una serie de hornos de barro humeantes, sobre los que cuelgan sonrosados canales de cordero, acotan pequeños restaurantes donde se sirven en cuencos de porcelana raciones de carne, acompañadas de pan, arroz o ensaladas, que desaparecen en medio de una sinfonía de rumores dirigidos, como batutas, por la habilidad de los palillos chinos. No es el único lugar donde se puede comer. Diseminados por todo el mercado, hay puestos de tallarines, cuya elaboración secuestra las miradas. Rudos hombres en camiseta golpean la masa de pasta contra una mesa hasta dejarla fina y flexible, momento en el que la retuercen formando una especie de trenza que sólo deja de girar entre sus brazos cada vez que vuelve a ser estampada contra la mesa. Un ejercicio acrobático que invita tanto a comer como a mirar. Conviene recordar que los espaguetis vienen de esta parte del mundo y que fue Marco Polo el que hizo las veces de embajador. Familias enteras pasan el día en el mercado, mientras los padres acuden a comprar, los niños disfrutan de un rico helado en alguno de los improvisados cines al aire libre.

José Maria Lorente periodísta de viajes y gastronomía, lleva más de veinte años recorriendo el mundo para sus reportajes. Ha colaborado con Trekking y Aventura como guía en la mayoría de los viajes que ofrecemos.

jueves, 4 de junio de 2009

Myanmar y gastronomia

El viajar no es solo conocer lugares, tambien es profundizar en la forma de vida y en la cultura de las gentes a las que visitamos y la gastronomia es una de ellas. A continuación "colgamos" unas notas que nos ha enviado ("las cosas de los jueves") el cocinero y amigo Andrés Madrigal. El unir a su faceta de gran cocinero (su restaurante el Alboroque ha conseguido la primera estrella Michelín hace solo unos meses) la de viajero le da un aval especial para nosotros. Hoy nos habla de Myanmar.





Hoy os hablaré de la gastronomía de Birmania o Myanmar (como se conoce oficialmente desde 1989), que para muchos, y a diferencia de lo que ocurre con otras cocinas orientales, es todavía una gran desconocida. Desde hace tiempo que me siento atraído por la cocina de este país, y por el país mismo. Mi hija Lía aún no lo sabe, pero fue ahí donde se pronunció por primera vez su nombre.
En la cocina de Birmania es fácil ver las huellas de la influencia china, india y tailandesa, y al igual que ocurre con otras tradiciones culinarias del sureste asiático, el arroz y el curry son componentes básicos. Una de las principales características de la cocina birmana está directamente relacionada con su ubicación: en sus platos abundan los peces procedentes del mar de Andamán. Mientras que la otra característica principal, la enorme variedad y cuidado en las preparaciones con vegetales y frutas, responde al alto porcentaje de comensales vegetarianos del país.
A la hora sentarse a la mesa, los birmanos también muestran ciertas peculiaridades. La mesa suele ser una especie de tabla baja, con lo que los comensales han de sentarse en el suelo, que se llena con distintos cuencos que contienen los diversos elementos de la comida, servidos todos a la vez. Las sopas, que se conocen como hingyo, son un elemento imprescindible de la dieta birmana, cuentan además con una variedad ácida que recibe el nombre de chinyei. Otro plato muy popular es el Ohn-No Khaykswe (lo siento, no puedo ayudaros con la pronunciación. Je), unos tallarines con coco, pollo y curry. Mientras que para desayunar, en la mayoría de casas birmanas, suelen decantarse por los mohinga, unos tallarines de arroz en salsa de pescado fritos en un aceite vegetal aromatizado con lemongrass, jengibre, ajo, azafrán y brotes de banano.
Como os decía antes, las verduras son una parte importante de la dieta birmana, y existen muchas preparaciones distintas. Es muy popular un plato de vegetales crudas con una pasta de gamba fermentada llamada Ngami. Las ensaladas suelen combinar vegetales, frutas y sabores picantes.
Uno de los elementos mas característicos de una mesa birmana es el "Ngapi", una pasta de gamba fermentada que se toma con vegetales crudos. Las ensaladas picantes (thouq o lethouq) están hechas con vegetales crudos o frutas; cebolla, maní, chiles y otras especias. Among the local favorites are maji-yweq thuoq, made with tamarind leaves and shauk-thi thuoq, mixed with pomelo, which is similar to grapefruit. Entre los favoritos locales son Maji-yweq thuoq, hecho con hojas de tamarindo y shauk-thi thuoq, mezclado con pomelo. Htamin let-thuoq are savory salads made with cooked rice.There is also green tomato salad (khayanchin sein thou) that is prepared with limes, chili, peanuts and coriander leaves. Green mango salad (thayet sein thou) is prepared with fish sauce, sesame, onions, chilies, shrimp paste and shrimp powder.También hay ensalada de tomate verde (khayanchin sein tú), que se prepara con limas, chile, maní y hojas de cilantro.
Abundan también las legumbres, sobre todo en la parte alta del país, donde se consumen lentejas rojas, guisantes, garbanzos y, por supuesto, soja en sus infinitas presentaciones. También son populares los frutos del mar como cangrejos, gambas, langostas, calamares y un largo etcétera, que se preparan muy especiados. Se puede encontrar, por ejemplo, una “tortillita” de camarones, que se prepara con harina de arroz y pimentón. A la hora del postre, la inmensa mayoría de los birmanos prefiere el Sa-ma-nwin-kin, que es un pastel de sémola, azúcar, huevo, mantequilla y coco. El refresco mas popular es la "Mirinda", y después Pepsi cola. Hay un buen número de marcas internacionales de cervezas que se pueden consiguir con facilidad en cualquier sitio. "Mandalay" es tal vez, la más rica. Y si uno quiere tomarse un buen vino, en la capital, podrá encontrar extraordinarias sorpresas a muy buen precio.


Andrés Madrigal

Y de postre...... una receta del autor:

Plátanos en crema de coco.
Este simple pudding casero se sirve muy a menudo como tentempié en casa o en el mercado, como la mayoría de dulces del Suroeste asiático o como postre después de la comida.
En Tailandia, Myanmar, Laos y Camboya, las personas a veces hacen leche de coco utilizando el agua perfumada al extracto de leche. Puedes conseguir un efecto parecido añadiendo un poco de agua de rosa a la leche de coco; atención- es muy fuerte, así que usarlo con moderación. Los plátanos cocerán a fuego lento por poco tiempo en la leche de coco con un poco de azúcar, luego vienen servidos en un pequeño cuenco, si quieres con semillas de sésamos tostados o cacahuetes tostados y triturados.

1 ½ taza de leche en bote o fresco
½ cucharilla de agua de rosa
¼ cucharilla de sal
½ taza de azúcar, o más, dependiendo del gusto
4 plátanos medianos o 10 plátanos pequeños dulces asiáticos
1 o 2 cucharillas de semillas de sésamos tostadas
1 o 2 cucharillas de cacahuetes tostados, triturados finamente
Poner la leche de coco en una olla a cocción media, añadir el agua de rosa, si eliges utilizarlo, la sal y azúcar, mover hasta que se derrite completamente. (Puedes hacer la salsa primero y dejarla hasta 1 hora antes que cocines los plátanos)
Pelar los plátanos y cortarlos en trozos.
Añadir los plátanos en la olla y cocinar hasta que se pongan blandos, de 5 a 10 minutos, dependiendo de los plátanos que estés utilizando y de cuanto blandos quieres los plátanos. Servir caliente o a temperatura ambiente, en pequeños cuencos, si lo prefieres cubiertos con las semillas de sésamo o cacahuetes triturados y tostados.